Mucho antes de su consolidación comercial, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) investigó la adaptación y manejo del arándano y avellano europeo en La Araucanía. Este trabajo pionero generó conocimiento clave y contribuyó a ampliar las posibilidades productivas del sur de Chile. Son 40 años impulsando la fruticultura.
La fruticultura chilena es resultado de décadas de investigación, experimentación, adaptación y transferencia tecnológica. En este proceso, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) ha aportado conocimiento para incorporar nuevas especies y variedades, desarrollar manejos agronómicos y determinar qué alternativas podían adaptarse exitosamente a distintos territorios. En La Araucanía, esta historia comenzó a tomar forma a fines de la década de 1970, cuando INIA Carillanca empezó a investigar si las condiciones del sur de Chile permitían el desarrollo comercial de nuevas especies frutícolas. En 1979, con apoyo de la Intendencia Regional de la época, se inició un programa de investigación en frutales menores, enfocado en especies como arándanos y frambuesas. En 1981 se incorporó la investigación en frutales mayores, entre ellos el avellano europeo, además de manzano, peral, cerezo, guindo, ciruelo y kiwi. La pregunta era concreta: ¿qué especies y variedades podían producirse de manera rentable bajo las condiciones agroclimáticas del sur de Chile?
Uno de los primeros capítulos fue el arándano. En noviembre de 1979, INIA Carillanca introdujo desde Michigan, Estados Unidos, cinco cultivares de arándano alto: Berkeley, Coville, Earliblue, Herbert y Jersey. Desde 1981 se evaluaron su brotación, floración, cuaja, maduración, producción, características del fruto y distribución de la cosecha, además de parámetros de calidad como los grados Brix. Las condiciones de La Araucanía resultaban especialmente interesantes para esta especie, considerando su clima templado-frío y la presencia de suelos ácidos. La investigación también abordó la sanidad vegetal, identificando problemas asociados a Pythium, Fusarium, Alternaria y Botrytis cinerea.
El aporte de INIA no fue simplemente introducir plantas, sino evaluar sistemáticamente cómo respondían las variedades al territorio, qué manejo requerían, cuáles eran sus problemas y qué materiales presentaban mejores características productivas. Ese conocimiento constituyó una base para el posterior desarrollo comercial del cultivo.
En 1982, INIA introdujo el avellano europeo a Chile para evaluar su comportamiento y potencial comercial en el sur. En ese momento, la especie aún no constituía un cultivo comercial establecido en el hemisferio sur. En La Araucanía se estudiaron materiales genéticos provenientes de Estados Unidos y Europa, entre ellos Barcelona, Butler, Daviana, Negret, Pauetet, Culplá, Tonda di Langhe, Tonda Romana, Tomboul y Trebizonda, entre otros.
La investigación abordó crecimiento, desarrollo, adaptación, polinización, propagación y sanidad. También permitió determinar antecedentes sobre compatibilidad entre variedades, como la coincidencia entre la floración de Butler y Daviana con la floración femenina de Barcelona. Se estudiaron, además, métodos de propagación y se identificaron problemas sanitarios asociados a Xanthomonas. De esta manera, INIA fue construyendo un conocimiento que puede entenderse como un paquete tecnológico inicial para el establecimiento de un nuevo cultivo: genética, adaptación, propagación, polinización, manejo y sanidad.
La visión de quienes impulsaron estas investigaciones queda reflejada en una publicación de INIA Carillanca de 1986, donde se planteaba que la investigación frutícola podía contribuir a “cambiar nuestro perfil productivo”, generando nuevas posibilidades de ocupación, agroindustria y divisas para La Araucanía. Vista desde la actualidad, aquella afirmación adquiere especial relevancia. Lo que entonces era una hipótesis y un desafío científico —determinar si el sur podía diversificar su agricultura mediante nuevas especies— hoy forma parte de una realidad productiva.
El arándano y el avellano europeo son actualmente parte de la fruticultura de la zona centro-sur, incluida La Araucanía. Su desarrollo no puede atribuirse a una sola institución, pues en él han participado productores, empresas, viveros, universidades, organismos públicos y centros de investigación. Sin embargo, la investigación pública cumplió un papel fundamental al generar conocimiento, reducir incertidumbres y entregar antecedentes para que nuevas especies pudieran incorporarse a los territorios.
De la adaptación al mejoramiento genético
El aporte de INIA a la fruticultura chilena fue evolucionando desde la introducción y evaluación de especies hacia el mejoramiento genético, buscando generar materiales adaptados a las necesidades de productores y mercados. Un ejemplo es el programa de mejoramiento de uva de mesa, cuyos cruzamientos comenzaron en 1988, orientados a obtener variedades con características como diferentes épocas de cosecha, ausencia de semillas, color, sabor y mayor vida de postcosecha. También destaca el programa de mejoramiento genético en cerezo desarrollado por INIA y Biofrutales, que busca variedades adaptadas a distintas condiciones agroclimáticas y con atributos de calidad para los mercados internacionales.
Esta evolución refleja cómo han cambiado las preguntas de la investigación. Primero fue necesario demostrar que determinadas especies podían adaptarse al sur; luego, establecer cómo producirlas y mejorar su calidad y eficiencia. Hoy el desafío incorpora genética y tecnologías capaces de responder al cambio climático, la sustentabilidad y las exigencias de los mercados. En La Araucanía, el legado de este trabajo se observa en la creciente diversificación de la matriz agrícola. Estudios de INIA han identificado aumentos importantes en la superficie destinada a especies como manzano, avellano europeo, cerezo, arándano y nogal, evidenciando el avance de la fruticultura en distintos territorios.
“Esto permite comprender que la investigación iniciada hace más de 40 años no fue un episodio aislado. Fue parte de un proceso de largo plazo destinado a conocer las posibilidades productivas del territorio y generar información para que agricultores y empresas pudieran explorar nuevas alternativas. En otras palabras, la investigación contribuyó a sentar bases para que la frontera frutícola pudiera avanzar hacia el sur”, señala la Dra. María Teresa Pino, directora nacional de INIA.
Los desafíos actuales son diferentes a los de 1979. Ya no basta con demostrar que una especie puede crecer en un territorio. Los mercados exigen calidad, inocuidad, trazabilidad y consistencia, mientras el cambio climático obliga a desarrollar sistemas productivos más resilientes y eficientes en el uso de los recursos. Por ello, la investigación de INIA continúa avanzando en nuevas variedades, mejoramiento genético, manejo sustentable, agricultura digital, sanidad vegetal, eficiencia productiva y tecnologías de calidad y postcosecha.
La pregunta también cambió. Hace más de 40 años, INIA Carillanca buscaba responder si era posible producir estas especies en el sur de Chile. Hoy el desafío es cómo producirlas mejor, de manera sustentable, eficiente y competitiva, generando nuevas oportunidades para los agricultores. “Esa continuidad permite dimensionar el valor de la investigación de largo plazo. Una variedad introducida, una parcela experimental, un ensayo de polinización o un estudio de adaptación pueden parecer pequeños hitos cuando se observan de manera aislada. Sin embargo, con el paso de las décadas, esos conocimientos pueden transformarse en parte de las bases de una nueva actividad productiva. El arándano y el avellano europeo son dos ejemplos concretos. Cuando INIA Carillanca comenzó a estudiarlos, eran alternativas que requerían investigación para determinar si podían desarrollarse en el sur de Chile. Hoy forman parte del paisaje productivo de la zona centro-sur”, aclara la directora de INIA.
Esa es una de las principales contribuciones de la investigación agropecuaria: estudiar hoy las alternativas que pueden transformar la agricultura del mañana. En esa historia, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) ha sido parte de la construcción de las bases científicas y tecnológicas de la fruticultura del sur de Chile, acompañando durante más de cuatro décadas un proceso que comenzó con la introducción y evaluación de nuevas especies y que hoy continúa con genética, innovación, sustentabilidad y tecnologías para una fruticultura preparada para el futuro.
“Como Instituto debemos seguir anticipándonos a los desafíos de la fruticultura y transformar el conocimiento científico en soluciones concretas para los territorios. Queremos impulsar una fruticultura sostenible, resiliente y competitiva, que combine manejo, innovación y nuevas tecnologías —incluyendo agricultura digital e inteligencia artificial— con un uso más eficiente de los recursos naturales. El desafío es no solo producir más, sino producir mejor, agregando valor y generando nuevas oportunidades para los agricultores. Así como hace más de 40 años INIA investigó el potencial del arándano y el avellano europeo en el sur de Chile, hoy debemos investigar y desarrollar las tecnologías que permitirán construir la fruticultura de las próximas décadas. Más que competir por volúmenes debemos a salir a ganar por calidad y diferenciación”, puntualizó la Dra. María Teresa Pino.









