Capacitación abordó el rol de los microorganismos del suelo, la inoculación de semillas y el uso de rizobios y micorrizas como herramientas para mejorar el establecimiento y desarrollo de los cultivos en condiciones de sequía y salinidad.
Conocer lo que ocurre bajo la superficie del suelo puede ser tan importante como observar el crecimiento de una planta. Bacterias, hongos y otros microorganismos cumplen funciones esenciales para la nutrición, el desarrollo de las raíces y la protección de los cultivos. Precisamente, este fue uno de los temas abordados durante una jornada de capacitación dirigida a agricultores del valle de Lluta.
El proyecto “Alfalfa ancestral Alta Sierra para una ganadería sustentable en la Región de Arica y Parinacota: Desarrollo de un sistema de producción de semilla de alta calidad e innovación en tecnología de semillas escalable a nivel comercial por comunidades agrícolas de la Región” (código BIP N° 40076449-0), es financiado por el Gobierno Regional de Arica y Parinacota y aprobado por su Honorable Consejo Regional, con recursos del Fondo Regional para la Productividad y el Desarrollo (FRPD 2025).
El proyecto busca desarrollar un sistema de producción de semilla de alta calidad e innovación en tecnología de semillas, que pueda ser escalable comercialmente por las comunidades agrícolas de la región. Entre sus objetivos se encuentra la implementación de módulos de producción de semilla de alfalfa Alta Sierra, incorporando mejoras en aspectos como la estructura de siembra, el riego, la polinización y la cosecha, además de desarrollar protocolos de selección y peletizado de semillas que incorporen microorganismos benéficos adaptados a las condiciones locales.
Un suelo que está vivo
Durante la capacitación, Constanza Muñoz Leiva, de INIA Ururi, presentó los principales conceptos relacionados con los microorganismos del suelo y su importancia para una agricultura más sostenible.
La profesional explicó que el suelo no debe entenderse solamente como el lugar donde se sostiene una planta, sino como un ecosistema vivo, donde interactúan numerosos organismos. Bacterias, hongos y otros microorganismos participan en procesos como la descomposición de materia orgánica, la disponibilidad de nutrientes y la fijación de nitrógeno.
Otro de los contenidos abordados fue el uso de microorganismos benéficos mediante procesos de inoculación. Entre ellos se encuentran las micorrizas arbusculares, hongos que establecen una relación de beneficio mutuo con las plantas. El hongo puede facilitar el acceso a agua y minerales, mientras recibe compuestos provenientes de la planta. Además, durante la presentación se destacó su potencial para favorecer el desarrollo radicular y aumentar la tolerancia de las plantas frente a condiciones como sequía, salinidad y presencia de patógenos, aspectos especialmente relevantes para los sistemas agrícolas de zonas áridas.
También explicó el papel de Trichoderma, un grupo de hongos de la rizósfera utilizado como agente de control biológico. Estos microorganismos pueden actuar frente a hongos fitopatógenos y, al mismo tiempo, favorecer el crecimiento y desarrollo de las raíces y activar mecanismos de defensa de las plantas. La recomendación entregada a los productores fue considerar que se trata de organismos vivos, por lo que las condiciones de aplicación son importantes. Por ejemplo, dijo la profesional, “se debe evitar mezclarlos directamente con productos químicos que puedan afectar su supervivencia y privilegiar horarios de menor temperatura”.
Gerson Monzón y Pablo Albial, profesionales de INIA Ururi, abordaron aspectos técnicos relacionados con la producción de semilla y el establecimiento de la alfalfa, poniendo especial atención en el papel de los rizobios.
La alfalfa establece una relación simbiótica principalmente con la bacteria Sinorhizobium meliloti. “Estas bacterias ingresan a las raíces y forman nódulos donde ocurre la fijación biológica de nitrógeno, proceso mediante el cual el nitrógeno atmosférico es transformado en una forma que puede ser aprovechada por la planta”, explica Monzón.
De acuerdo con los antecedentes técnicos presentados, esta asociación puede aportar entre 60 y 90 % del nitrógeno requerido por el cultivo, contribuyendo a disminuir la dependencia de fertilizantes nitrogenados y favoreciendo el crecimiento radicular y la calidad del forraje.
Los agricultores también conocieron una herramienta sencilla para evaluar si esta relación está funcionando: observar los nódulos presentes en las raíces. Un nódulo activo, precisa el profesional, “presenta una coloración interior rojiza o rosada, asociada a la actividad de fijación de nitrógeno, mientras que nódulos blancos, verdes o marrones pueden indicar que no están realizando esta función de manera efectiva”.
La capacitación también permitió revisar una diferencia fundamental: la forma de sembrar la alfalfa depende del objetivo productivo. Cuando se busca producir forraje, el objetivo es obtener una alta cantidad de biomasa y cubrir rápidamente el suelo. Para ello se consideran mayores dosis de semilla y distancias menores entre hileras.
En cambio, cuando el propósito es producir semilla, se busca favorecer la floración, la fecundación y la obtención de semillas de alta pureza. Por eso se propone trabajar con menores dosis de siembra y hileras más amplias, que permiten una mayor entrada de luz, mejor ventilación de las plantas y condiciones favorables para la actividad de los polinizadores.
Este conocimiento es particularmente relevante para el proyecto Alta Sierra, que contempla la implementación de tres módulos de producción de semilla de 0,5 hectáreas, diseñados de acuerdo con las condiciones agroclimáticas y las capacidades de los pequeños agricultores de Arica y Camarones.
La experiencia de los agricultores
Camila Guarachi, productora del sector de Linderos, valle de Lluta, dedicada al cultivo de cebolla y que proyecta junto a su pareja incorporar alfalfa, valoró este aprendizaje: “me llamó la atención porque desconocíamos estas bacterias y su rol en las plantas. Antes veíamos un nemátodo y pensábamos que era algo malo, pero hoy descubrimos que podrían ser bacterias buenas; fue maravilloso.”
La jornada también contó con la participación de Gloria Angélica Huanca Mamani, del sector El Tambo, valle de Lluta: “hacía falta una charla así para aclarar las dudas sobre lo que realmente sucede con la tierra. Estoy segura de que formaremos un excelente equipo con el INIA para mejorar nuestras hectáreas de alfalfa.” Hugo Mamani, del sector de Poconchile, Valle de Lluta, dijo que “la charla fue excelente y muy productiva, nos revelaron cosas que realmente uno desconoce. Me gustaría que esto se repita y, por supuesto, seguiré participando en el proyecto”.
En esa línea, el proyecto no solo apunta a producir una semilla de mejor calidad, sino también a generar capacidades locales para que las comunidades agrícolas puedan conservar, multiplicar y valorizar este recurso genético ancestral, incorporando tecnologías que sean pertinentes para las condiciones reales de la agricultura de Arica y Parinacota.
En esta iniciativa, que lidera el Dr. Luis Inostroza de INIA Quilamapu (Ñuble y Biobío), participan los investigadores Gerson Monzón, director subalterno de INIA Ururi (Arica y Parinacota); Erika Salazar de INIA La Platina (Metropolitana) y Viviana Barahona de INIA Raihuén (Maule). Además de la especialista Macarena Gerding de la Universidad de Concepción, la Red de Bancos de Germoplasma de INIA, el Programa de Mejoramiento Genético de Alfalfa.









