Cultivada durante más de 400 años en los valles desérticos del norte, la alfalfa Alta Sierra conserva características de adaptación que no presentan otras variedades en esos ambientes. Investigadores del INIA estudian su genética y trabajan en la recuperación de semillas de calidad para mantener su cultivo y explorar nuevas oportunidades para la ganadería regional.
Una alfalfa que llegó a América hace más de cuatro siglos y que comunidades aymara han conservado de generación en generación podría ofrecer nuevas oportunidades para la ganadería en los valles desérticos del norte de Chile. Se trata de la alfalfa ancestral Alta Sierra, una variedad adaptada a condiciones particulares de estos territorios y que el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) busca rescatar, estudiar y multiplicar mediante un proyecto financiado por el Gobierno Regional de Arica y Parinacota.
El proyecto denominado “Alfalfa ancestral Alta Sierra para una ganadería sustentable en la Región de Arica y Parinacota: Desarrollo de un sistema de producción de semilla de alta calidad e innovación en tecnología de semillas escalable a nivel comercial por comunidades agrícolas de la Región” (código BIP N° 40076449-0), es financiado por el Gobierno Regional de Arica y Parinacota y aprobado por su Honorable Consejo Regional, con recursos del Fondo Regional para la Productividad y el Desarrollo (FRPD 2025).
El investigador de INIA Quilamapu, Luis Inostroza Fuentealba, explicó que esta alfalfa se distingue por su capacidad de crecer y producir forraje en ambientes donde otras variedades mejoradas no logran la misma adaptación.
“Esta alfalfa altasierra ancestral es una alfalfa que se ha cultivado por más de 400 años en el desierto del norte de Chile”, señaló durante una entrevista en el programa Academia de Emprendedores de Radio ADN.
La alfalfa es una especie forrajera utilizada para alimentar animales y destaca por su contenido de proteínas y su capacidad de producir forraje. Aunque actualmente existen variedades comerciales de alto potencial productivo que se cultivan en Chile, la Alta Sierra tiene una particularidad: se ha mantenido en los valles desérticos, bajo condiciones de riego, y ha desarrollado características que le permiten adaptarse a esos ambientes.
Según Inostroza, las comunidades indígenas, principalmente aymara, han tenido un papel fundamental en la conservación de esta alfalfa, resguardando sus semillas y transmitiéndolas entre generaciones.
El trabajo del INIA busca comprender qué características genéticas explican la adaptación de esta alfalfa a las condiciones del desierto. Para ello, el equipo estudia su material genético y su ADN, con el objetivo de identificar genes o regiones del genoma asociados a su capacidad de crecer y producir forraje en ambientes donde otras variedades presentan dificultades.
“Nosotros estamos tratando de ponerla en valor, de estudiar sus características genéticas, estudiar su ADN, entender cuáles son los genes o las regiones del genoma que están confiriendo estas adaptaciones”, explicó el investigador.
El proyecto también aborda un desafío práctico: la disponibilidad de semillas. Aunque la Alta Sierra se ha cultivado históricamente en el norte, Inostroza indicó que se ha ido perdiendo y que falta tecnología para desarrollar un proceso adecuado de multiplicación.
Por eso, el INIA busca aplicar tecnologías de producción de semillas desarrolladas en la zona central y llevarlas al norte, con el objetivo de obtener semillas de buena calidad y facilitar que esta alfalfa continúe cultivándose. “Desde el INIA nosotros queremos contribuir con toda la tecnología que hemos desarrollado acá en la zona central y poder llevarla también al norte de nuestro país”, afirmó.
La recuperación de esta alfalfa también se relaciona con las posibilidades de producir alimento para el ganado en zonas donde las condiciones agrícolas son complejas. Durante la entrevista, Inostroza señaló que el INIA ha desarrollado variedades adaptadas a ambientes de menor disponibilidad de recursos y mencionó una variedad recientemente liberada que, según explicó, puede incrementar la producción de forraje cinco veces en comparación con una pradera natural.
El investigador planteó que una mayor disponibilidad de forraje podría permitir a los productores aumentar la cantidad de animales que mantienen en una misma superficie. Como ejemplo, indicó que, bajo esas condiciones, un agricultor podría pasar de criar una oveja a cinco en el mismo terreno.
Se trata de una posibilidad que, de acuerdo con el investigador, podría tener impacto en la agricultura familiar campesina y también en sistemas productivos de mayor escala.
La semilla es, en este proceso, una vía para transferir la tecnología desarrollada por el INIA a los agricultores. El desafío es disponer de material de buena calidad que permita sostener el cultivo y aprovechar sus características de adaptación.
Inostroza también vinculó el desarrollo agrícola con las oportunidades para las nuevas generaciones, especialmente en territorios donde las condiciones de trabajo pueden ser exigentes y existe migración hacia otros sectores.
A su juicio, la tecnología puede facilitar las labores agrícolas y abrir espacios de desarrollo en áreas como el uso de drones, la fertilización, la maquinaria autónoma y el análisis de información.
“La invitación hacia los jóvenes hoy es que en la agricultura hay una tremenda oportunidad de desarrollo, sobre todo en el desarrollo de las tecnologías”, sostuvo.
El investigador agregó que la agricultura no solo ofrece oportunidades de innovación, sino que cumple un papel fundamental en la producción de alimentos.
La recuperación de la alfalfa Alta Sierra reúne así dos desafíos: conservar un recurso agrícola que las comunidades han mantenido durante siglos y desarrollar herramientas que permitan multiplicar sus semillas y sostener su uso en el norte de Chile.
Para el INIA, el trabajo apunta a estudiar las características que hacen de esta alfalfa una alternativa adaptada al desierto y a poner ese conocimiento a disposición de los agricultores, con la semilla como componente central de la transferencia tecnológica.
El equipo de trabajo de este proyecto lo conforman el Dr. Luis Inostroza del Centro Regional de Investigación INIA Quilamapu (Ñuble), los investigadores Gerson Monzón, director subalterno de INIA Ururi (Arica y Parinacota); Erika Salazar de INIA La Platina (Metropolitana), Viviana Barahona de INIA Raihuén (Maule) y Macarena Gerding de la Universidad de Concepción. Es importante también la Red de Bancos de Germoplasma de INIA y el Programa de Mejoramiento Genético de Alfalfa.
Entrevista al Investigador Luis Inostroza por radio ADN
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